lunes, 13 de noviembre de 2017

PAN




     Un dicho, que no se utiliza mucho actualmente, conviene en que “Cada vez que habla, sube el pan”. Era una forma de decir que las afirmaciones de alguien daban lugar a problemas para los demás.
     Hoy, el pan sube sin necesidad de que nadie hable y quizá,  también,  por el silencio de quien debiera hablar para impedirlo, pero este “quien” siempre es un político y los políticos, en general, manejan acrobáticamente y con total descaro algo que han llamado “programa” que no es más que una serie de ficciones, alguna tal vez realizable, que han sido concebidas por un grupo mínimo de personas (los idearios) que no tienen el menor reparo en utilizar la ley del embudo para hacerlas tragar al resto de ciudadanos.
     El pan, como buena parte de los alimentos, cuesta poco, pero se vende por mucho, aunque, generalmente, el que paga ese mucho es el comprador, el que cobra menos es el productor y el que “se forra” es el intermediario.
     En la política viene a suceder algo así. Si consideramos la nación como un mercado, nosotros, los productores cobramos poco, los políticos bastantes más y los intermediarios, que son los que empujan a los políticos para que procuren que cobremos poco, son quienes se llevan la tajada.
     Esos que empujan a los políticos comen poco pan y, si lo hacen, es porque, además de sacar el jugo a los demás (incluidos los políticos), también les gusta “rebañar” el plato para dejarlo limpio.
     Los que intentamos comer pan nos las vemos y deseamos para encontrar alguno que sea comestible y no una versión rápida de la suela de alpargata barata, que cuando está caliente es relativamente blanda y flexible pero que, cuando se enfría, ya es otro cantar.
     Seguramente, previendo esto de ahora, se inventó aquello de “al pan pan y, al vino, vino”. Aunque hay más de uno que “vino, afanó y se largó “quizá porque hizo su propia versión de “No sólo de pan vive el hombre…”, olvidando que “No hay pan para tanto chorizo”.
     Pero, en fin, habrá más días (espero) para hablar de esto…



jueves, 2 de noviembre de 2017

ESCRITAS CON PLUMA



Las cartas escritas a mano con la pluma de tinta tenían el encanto de las tachaduras que, imborrables, denotaban el esfuerzo de quien intentaba escribir sin haber preparado un guión y pretendía utilizar las mejores palabras para decir lo que quería expresar, con argumentos que, tal vez, no eran recursos habituales en su vocabulario.

La tachadura no es demostración de fracaso sino anuncio de una nueva oportunidad, porque algo se ha aprendido. Ocasión de que la palabra cumpla su función de transmitir deseos, emociones, intenciones…

Hoy, cuando se escribe mal porque conscientemente se ha querido evitar el arduo esfuerzo de aprender el lenguaje, parece más necesario que nunca amar las palabras y dedicarles el tiempo que merecen, que nunca es suficiente.

Y amando las palabras se aprende a entender un texto. Se aprende a escribir lo que se pretende expresar y que, quizá, es difícil de hacer personalmente.

Las palabras son tan necesarias e importantes que incluso hemos aprendido a conservarlas y así las “enlibramos”, para que, cuando tengamos perentoriedad de utilizarlas, siempre haya un libro en la alacena, listo para alimentarnos con ellas y de ellas.

A veces, las palabras tienen música y son capaces de acomodarse a los sentimientos. Otras, no tanto.  Nada más frustrante para quien ama las palabras, el idioma, que darse de bruces con expresiones que denotan el largo camino cultural que queda por recorrer. Porque el uso correcto de las palabras es imprescindible para el acceso a la cultura.

Pero, ¿quién tiene interés en las palabras, cuando estas pueden ser mutiladas o sustituidas por “emoticonos” para crear un sub-lenguaje que, finalmente ,solo será inteligible para quienes utilicen métodos virtuales de comunicación?



lunes, 30 de octubre de 2017

LEVANTAR EL VUELO



Un día, levantas el vuelo
y te alejas de tu casa.
Pisas, quizá, un nuevo suelo
entre lágrimas amargas.

Es duro emprender el camino
sin saber a dónde lleva.
A veces sin siquiera un amigo
que te ayude y te comprenda.

Pero no te acobardes. ¡Vuela! ¡Vuela!
Que nadie alcanza su destino
si en algo no se arriesga.
Ve siempre tras lo que buscas
y busca siempre lo mismo:
Aquello que, desde siempre, anhelas