sábado, 25 de noviembre de 2017

MUJER

En estos días tienen o han tenido lugar actos y manifestaciones contra la violencia machista. Por razones que no vienen al caso no he podido participar personalmente y me ha parecido oportuno repetir el siguiente artículo que publiqué en el Boletín Cultural Informativo Jubicam en Abril de 2010.



            MUJER

            Hoy mismo comentaba con  otra persona que, a lo largo de mi vida, jamás he conocido a una mujer a la que tildar con el apelativo de “vaga” y, sin embargo, puedo afirmar con rotundidad-porque conozco casos-que sí , que existen hombres “vagos” que merecen de sobra ocupar el número uno de la lista en ése apartado, que tan poco dice en su favor.

            La mujer vive en un mundo diseñado por el hombre y está algo así como el pez fuera del agua, pero con la gran diferencia de que sabe adaptarse rápidamente y mucho mejor que él, a las diferentes variables de su entorno, por lo que la adversidad no es sino otro más de los múltiples obstáculos que sabe superar –y lo hace- a la vez que contribuye, como sólo ella puede hacerlo, a la perpetuación de la especie.

            Erróneamente-desde mi punto de vista-alguien ha pensado en celebrar “El Día de la Mujer” y no es que piense que la mujer no merece ser tenida en cuenta. Muy al contrario, lo que me irrita-al igual que en casos similares- es que pretendamos durante un día al año hacer visibles cualidades, hechos, circunstancias, que no demuestran otra cosa que la incapacidad de la sociedad para acoger a todos y cada uno de sus miembros, con independencia de edad, sexo, creencia, condición social, etc. como un miembro de pleno derecho que tiene, además, en éste caso y sobre sus hombros (mejor en su seno) la única posibilidad de contribuir al desarrollo de la sociedad, como he citado antes, perpetuándola.

            Así, hemos llegado al “Día del Padre”, “Día de la Madre”, “Día del Niño”, “Día de la Mujer Maltratada”, “Día de San Valentín”… y tantos otros cuya significación no siempre se corresponde con una reivindicación de derechos o del papel que representa en la sociedad el homenajeado, sino con la maniobra propagandista cuyo trasfondo no es otra cosa que “compra, compra y compra”.

            En países con un nivel de desarrollo equiparable al que teníamos en España hace cincuenta o más años, vienen desarrollando desde mucho tiempo atrás una política de “micro créditos” de la cual es destinataria la mujer, habiéndose demostrado la capacidad de ésta para crear economía a partir de pequeñas inversiones en tanto que el hombre-rey de la creación- sagazmente pierde el escaso crédito que le va quedando dedicándose a la encomiable labor de que las fábricas de aguardiente y ron no entren en suspensión de pagos o como quiera que se llame eso ahora, a base de manejar la botella hábilmente mientras juega una partida de cartas.

            La capacidad de adaptación de la mujer la lleva a aceptar cualquier tipo de trabajo, aún de índole vejatoria, con percepciones salariales que el hombre rápidamente desecharía (“yo, por ésa miseria no trabajo” -diría éste -seguramente) porque antepone la supervivencia propia y de la familia al orgullo machista incapaz de la generosidad que supone la renuncia del “yo” persiguiendo el beneficio de “nosotros”.

            Las personas que se dedican a la política ( y no solamente los hombres ) deberían considerar la ventaja que supondría acabar con las desigualdades sociales que dependen de la sociedad, del “nosotros” . Si todos tuviéramos los mismos derechos, nadie podría reclamar porque se le exigieran las mismas obligaciones y así, entre todos “nosotros” estableceríamos una sociedad fuerte. Quien-en oposición-fuera partidario de seguir cultivando el “yo” se autoexcluiría de ésta sociedad en la que no tendrían cabida quienes, no estando incapacitados por algún motivo, pretendieran vivir a costa de los demás.

            Lamentablemente, aún ahora, no parece existir un interés muy marcado en trabajar en éste sentido porque las políticas educativas de los últimos años más parecen tendentes a formar ciudadanos de segunda clase en los que la cultura sea la excepción diferenciadora en lugar de ser la normalidad integradora.

            Se plantea con frecuencia el tema de la paridad, pretendiendo que en todas partes haya un número igual de hombres que de mujeres, en especial en los puntos de decisión. Personalmente nada tendría que objetar, siempre que este equilibrio no tuviera que ver con el sexo de cada cual, sino con su capacidad para desempeñar las tareas, pues tan injusto es dar prioridad al hombre como hacerlo con la mujer simplemente por cubrir un porcentaje sobre el papel.

            Machismo y feminismo me parecen movimientos que pretenden , cada uno por su lado, acentuar la diferencia entre los sexos y la prevalencia de uno sobre otro.  Yo, como hombre, sólo estoy por la labor de aceptar  que soy igual a cualquier mujer , en tanto que-como profesional, intelectual, etc.- sólo seré superior a aquélla determinada mujer si demuestro que, habiendo tenido en su mano las mismas posibilidades y en disputa por conseguir un determinado puesto en la sociedad, mi capacidad de desempeño está sobre la de ella.

            Lo demás no es otra cosa que demagogia y para escuchar lo que me interesa me basta con hablarme a mí mismo.




































lunes, 13 de noviembre de 2017

PAN




     Un dicho, que no se utiliza mucho actualmente, conviene en que “Cada vez que habla, sube el pan”. Era una forma de decir que las afirmaciones de alguien daban lugar a problemas para los demás.
     Hoy, el pan sube sin necesidad de que nadie hable y quizá,  también,  por el silencio de quien debiera hablar para impedirlo, pero este “quien” siempre es un político y los políticos, en general, manejan acrobáticamente y con total descaro algo que han llamado “programa” que no es más que una serie de ficciones, alguna tal vez realizable, que han sido concebidas por un grupo mínimo de personas (los idearios) que no tienen el menor reparo en utilizar la ley del embudo para hacerlas tragar al resto de ciudadanos.
     El pan, como buena parte de los alimentos, cuesta poco, pero se vende por mucho, aunque, generalmente, el que paga ese mucho es el comprador, el que cobra menos es el productor y el que “se forra” es el intermediario.
     En la política viene a suceder algo así. Si consideramos la nación como un mercado, nosotros, los productores cobramos poco, los políticos bastantes más y los intermediarios, que son los que empujan a los políticos para que procuren que cobremos poco, son quienes se llevan la tajada.
     Esos que empujan a los políticos comen poco pan y, si lo hacen, es porque, además de sacar el jugo a los demás (incluidos los políticos), también les gusta “rebañar” el plato para dejarlo limpio.
     Los que intentamos comer pan nos las vemos y deseamos para encontrar alguno que sea comestible y no una versión rápida de la suela de alpargata barata, que cuando está caliente es relativamente blanda y flexible pero que, cuando se enfría, ya es otro cantar.
     Seguramente, previendo esto de ahora, se inventó aquello de “al pan pan y, al vino, vino”. Aunque hay más de uno que “vino, afanó y se largó “quizá porque hizo su propia versión de “No sólo de pan vive el hombre…”, olvidando que “No hay pan para tanto chorizo”.
     Pero, en fin, habrá más días (espero) para hablar de esto…



jueves, 2 de noviembre de 2017

ESCRITAS CON PLUMA



Las cartas escritas a mano con la pluma de tinta tenían el encanto de las tachaduras que, imborrables, denotaban el esfuerzo de quien intentaba escribir sin haber preparado un guión y pretendía utilizar las mejores palabras para decir lo que quería expresar, con argumentos que, tal vez, no eran recursos habituales en su vocabulario.

La tachadura no es demostración de fracaso sino anuncio de una nueva oportunidad, porque algo se ha aprendido. Ocasión de que la palabra cumpla su función de transmitir deseos, emociones, intenciones…

Hoy, cuando se escribe mal porque conscientemente se ha querido evitar el arduo esfuerzo de aprender el lenguaje, parece más necesario que nunca amar las palabras y dedicarles el tiempo que merecen, que nunca es suficiente.

Y amando las palabras se aprende a entender un texto. Se aprende a escribir lo que se pretende expresar y que, quizá, es difícil de hacer personalmente.

Las palabras son tan necesarias e importantes que incluso hemos aprendido a conservarlas y así las “enlibramos”, para que, cuando tengamos perentoriedad de utilizarlas, siempre haya un libro en la alacena, listo para alimentarnos con ellas y de ellas.

A veces, las palabras tienen música y son capaces de acomodarse a los sentimientos. Otras, no tanto.  Nada más frustrante para quien ama las palabras, el idioma, que darse de bruces con expresiones que denotan el largo camino cultural que queda por recorrer. Porque el uso correcto de las palabras es imprescindible para el acceso a la cultura.

Pero, ¿quién tiene interés en las palabras, cuando estas pueden ser mutiladas o sustituidas por “emoticonos” para crear un sub-lenguaje que, finalmente ,solo será inteligible para quienes utilicen métodos virtuales de comunicación?